La Navidad en España es inimaginable sin el turrón (turrón de almendras y miel). Lo hay blando y duro, con chocolate, coco o fruta. Y los polvorones (galletas desmenuzables hechas de almendras y manteca de cerdo) se deshacen en la boca, dejando un regusto delicado.
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La repostería siempre es motivo de reunión. Los domingos, las familias se reúnen para una merienda (una merienda ligera con tartas, galletas y una taza de café con leche). Es un momento en el que todos dejan de lado el trabajo y simplemente conectan.
Incluso el pan es un arte. En Castilla, se hornea un denso pan candeal; en Cataluña, un pa de pagès con corteza; en Andalucía, unos molletes suaves. Cada pan es perfecto para su plato: uno para pan con tomate, otro para jamón.
Hoy en día, muchos jóvenes panaderos están recuperando antiguas recetas, utilizando harina ecológica, levadura natural y dando forma a mano. No se trata de nostalgia, sino de respeto por la artesanía.
Para mí, el olor a productos recién horneados es el olor de casa. Me transporta a la infancia, cuando la abuela sacaba del horno las empanadas de pescado o las magdalenas y toda la casa se llenaba de calor.
La repostería española no son solo dulces por el mero hecho de serlo. Son recuerdos, cultura y amor. Y mientras los horneemos con cariño, nuestras tradiciones perdurarán.
