El jamón y el queso se suelen servir juntos, pero no es casualidad. Sus sabores se complementan: el sabor salado del jamón se suaviza con el dulce sabor a frutos secos del queso. Y con un poco de pan fresco y una copa de Vino Tinto Crianza, tienes la cena perfecta sin un solo plato.
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Es curioso que en España el jamón no sea un lujo, sino parte de la vida cotidiana. Se desayuna con pan con tomate, se añade a los sándwiches del colegio y se sirve con cerveza después del trabajo. Es tan versátil como un buen amigo.
El queso suele servirse al final de la comida. En los pueblos, la tradición aún persiste: después de comer, todos comen en silencio un trozo de queso, acompañándolo con agua. Dicen que esto «cierra» el estómago y facilita la digestión. Puede que sea supersticioso, pero yo lo creo.
Hoy en día hay muchas falsificaciones: el jamón barato se hace pasar por ibérico, el queso de vaca por leche de oveja. Por eso, es importante conocer el origen. Busca la Denominación de Origen; es garantía de calidad y autenticidad.
Para mí, el jamón y el queso son una conexión con la tierra. Cuando los como, siento las montañas de Extremadura, los pastos de La Mancha, las brumas de Asturias. No es solo comida, es geografía en un plato.
Y, por último, estos alimentos nos enseñan paciencia. El jamón se cura durante años, el queso durante meses. En un mundo de gratificación instantánea, nos recuerdan: las mejores cosas llegan a quienes saben esperar.
