Me encantan especialmente las tapas de temporada. En primavera, alcachofas tiernas con ajo; en verano, gazpacho frío en vasitos; en otoño, champiñones con perejil; en invierno, albóndigas calientes con salsa de tomate. Reflejan el ritmo de la naturaleza y nos enseñan a comer lo que la tierra nos da aquí y ahora.
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Preparar tapas en casa también es un placer especial. No necesitas ingredientes complicados: buen aceite de oliva, ajo, pimentón, hierbas frescas… ¡y puedes crear! Mi tapa casera favorita es el pan con tomate: pan tostado untado con ajo y tomate, y rociado generosamente con aceite. Sencillo, pero brillante.
Las tapas también son un arte de presentación. Incluso el ingrediente más sencillo puede convertirse en una obra maestra si se sirve con cariño. Vi un pequeño bar en Sevilla sirviendo chiles encurtidos en un plato de porcelana antigua, y parecía una pieza de museo.
En los últimos años, las tapas han evolucionado. Han aparecido tapas gourmet: en miniatura, refinadas, con un toque de gastronomía molecular. Pero yo me mantengo fiel a los clásicos. Para mí, las tapas no son ostentación, sino sinceridad.
Curiosamente, en algunas regiones, como Granada, las tapas todavía se sirven gratis. No es solo marketing, sino una tradición que lleva décadas vigente. Y son lugares como estos los que nos recuerdan: la comida es generosidad.
En un mundo donde todo se acelera, las tapas nos obligan a bajar el ritmo. A sentarnos, hablar, saborear y compartir. Son pequeñas islas de humanidad en un océano de ajetreo. Y estoy agradecido a mi país por este regalo.
