El aspecto social de la paella no es menos importante. Es un plato unificador. En Valencia, es tradición cocinarla los domingos o festivos; por ejemplo, el día de San José, cuando se celebran enormes paellas con cientos de participantes. No es solo comida: es un evento, un motivo para reunirse, socializar y compartir alegría.
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Muchos turistas creen erróneamente que cuanto más marisco, mejor es la paella. De hecho, la paella de mariscos es una adaptación costera. Es deliciosa, pero no un clásico. Pero mezclar carne y mariscos en una misma paella es prácticamente un sacrilegio para los locales.
Aprendí a cocinar paella a los 12 años. La primera vez me salió mal: el arroz se quemó, el pollo quedó seco. Pero mi abuelo no me regañó. Decía: «La paella perdona los errores si se cocina con respeto». Desde entonces, le he añadido un poco de cariño cada vez, y me parece perfecto.
El equipo también es importante. La paella de verdad se cocina en una sartén ancha y plana con dos asas; así se distribuye el calor uniformemente. ¡Y sin tapas! El arroz necesita «respirar», absorbiendo los aromas del aire, el humo y las hierbas.
Hoy en día, la paella se sirve en todo el mundo en diversas versiones: con trufas, tofu o incluso piña. Sonreímos, pero no juzgamos. Al fin y al cabo, la comida es un idioma, y cada uno tiene derecho a hablarla a su manera. Pero si quieres escuchar la originalidad, ven a Valencia.
Para mí, la paella no es una receta, sino un recuerdo. El olor a leña, las risas de la familia, el atardecer dorado sobre los arrozales… Es un plato que nutre no solo el cuerpo, sino también el alma. Y mientras la preparemos con respeto, Valencia vivirá en cada grano.
