Mucha gente confunde la autoestima con el narcisismo o el orgullo. De hecho, una autoestima sana es una aceptación serena de tu valor, independientemente de tus éxitos o de las opiniones de los demás. No grita: «¡Soy el mejor!», sino que dice en voz baja: «Soy digno de amor y respeto, simplemente porque existo».
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La baja autoestima suele formarse en la infancia: a través de la crítica, la comparación y la falta de apoyo. Pero incluso en la edad adulta, se puede curar. No es magia, sino trabajo diario, como cuidar un jardín.
El primer paso es reconocer a tu crítico interior. Esa voz interior que te dice: «No eres lo suficientemente inteligente», «Lo has arruinado todo». Intenta escribir sus frases. Luego pregúntate: «¿Sería tan cruel con un amigo?». La mayoría de las veces, no. Así que es hora de reemplazar la crítica con compasión.
Practica «demostrar tu valor». Cada día, anota tres cosas que hiciste bien, aunque solo sea «levantarte a tiempo» o «escuchar a un compañero». Esto no es narcisismo, sino entrenarte para prestar atención a tus fortalezas.
La autoestima no depende de la apariencia, el salario ni la cantidad de «me gusta». Crece mediante acciones que se alinean con tus valores. Si la honestidad es importante para ti, actúa con honestidad. Si el cariño es importante para ti, demuéstralo. Cada una de estas acciones fortalece tu ser interior.
