La ansiedad no es el enemigo. Es una antigua señal interna que intenta protegernos. El problema no es la emoción en sí, sino cómo la gestionamos. Muchos intentan suprimir la ansiedad: trabajando hasta el agotamiento, viendo series durante horas, comiendo en exceso. Pero suprimirla solo la intensifica, como un susurro que se convierte en grito.
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El primer paso es reconocer: «Sí, estoy ansioso. Y es normal». En lugar de luchar contra ella, intenta abordarla con curiosidad: «¿Qué intentas decirme? ¿De qué tienes miedo?». A menudo, la ansiedad surge del miedo a la pérdida de control, la soledad o la incompetencia.
Respirar es la herramienta más simple, pero a la vez la más poderosa. Inhala profundamente contando hasta 4, mantén la respiración contando hasta 4 y exhala lentamente contando hasta 6. Esta técnica activa el sistema nervioso parasimpático, desactivando la respuesta de lucha o huida. Haz esto no solo durante una crisis, sino también en días más tranquilos, como ejercicio.
La ansiedad suele residir en el futuro: «¿Y si fracaso?» «¿Y si me abandonan?». Regresa al presente. Mira a tu alrededor: nombra cinco cosas que veas, cuatro que oigas y tres que sientas. Este ejercicio te conecta a tierra y reduce la intensidad del pánico.
